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“Vivienda Accesible”

La semana pasada critiqué cómo muchos de los distritos más céntricos de la capital “inflan” artificialmente los límites de áreas mínimas para la construcción de departamentos nuevos, con el supuesto objetivo de controlar la densidad, pero teniendo como real consecuencia la segregación socioeconómica de la población.

Entiendo que, para muchos, defender la idea de tener departamentos más pequeños puede ser una apología al hacinamiento o la tugurización, pero no lo es. El valor de un departamento, y por tanto su accesibilidad, está directamente relacionado a su tamaño.

Por tanto, si limitamos el área mínima de un departamento para una persona o pareja a 90 m2, y para una familia a 150 m2, no estamos mejorando su calidad de vida, sino reduciendo las posibilidades de que más personas puedan acceder a ellos. Y, como bien saben, uno de los principales problemas que enfrentan las grandes ciudades, incluyendo a Lima, es el déficit de vivienda accesible.

Para tratar de revertir este problema, que la mayoría de las ciudades encuentra crítico para su sostenibilidad, muchas obligan al desarrollador inmobiliario privado a incluir una cantidad de viviendas accesibles dentro del total que construirán. Se entiende por vivienda “accesible” aquella que pueda tener algún tipo de subsidio estatal o que pueda ser alquilada a un precio también subsidiado. Con esto, lo que buscan es tener ciudades más compactas y menos desiguales, donde se reduzca el costo del transporte, así como el del acceso a distintos servicios, como hospitales, colegios, parques y lugares de ocio.

En Londres, por ejemplo, un desarrollador debe incluir un 35% de vivienda accesible dentro de su “combo” de departamentos. Estos departamentos, obviamente, no necesitan tener el mismo tamaño ni acabados que los destinados a la venta de mercado, pero sí tienen que estar ubicados en el mismo lote y, aunque esto no siempre se cumple, deben compartir los mismos ingresos y áreas comunes.

Esta forma de hacer ciudad procura que las personas puedan vivir más cerca de su trabajo, tratando de encontrar un “mix” y equilibrio social en la población. Por ello, que gente de menos recursos viva en zonas céntricas teniendo vecinos con muchos más ingresos no es ningún lujo, sino la consecuencia de una visión de ciudad sostenible y compacta.

En Lima, que es el colmo del absurdo, distritos céntricos como San Isidro, Miraflores, San Borja o Surco, que concentran la mayor cantidad de trabajo, servicios y acceso al transporte público, limitan sus áreas mínimas impidiendo que más personas tengan acceso a ellos.

En cambio, en los distritos “periféricos”, ahí donde el trabajo, los servicios y el acceso al transporte son más limitados, sí se permite que una familia viva en menos de 70 m2. Con estas políticas no solo promueven la segregación de la población, sino que ponen aun más presión sobre nuestros inexistentes sistemas de transporte público, haciendo que las personas tengan que perder gran parte de su tiempo y sueldo en movilizarse.

Jorge Sánchez Herrera – Nómena Arquitectura
Arquitecto/Urbanista

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