El 24 de junio de 2026, alrededor de las 18:00 horas, Venezuela fue sacudida por un devastador doble terremoto (doblete sísmico): un sismo de magnitud 7.2 Mw seguido, apenas 39 segundos después, por otro de 7.5 Mw. Los epicentros se ubicaron cerca de Yumare, en el estado Yaracuy, a profundidades de 20 y 10 kilómetros, respectivamente.
Conforme avanzan las labores de búsqueda y rescate, la magnitud de la tragedia continúa creciendo. El Gobierno de Venezuela ha confirmado 1,719 personas fallecidas, 5,034 heridas, 15,866 damnificadas y 22,619 hospitalizadas. Además, las autoridades ya coordinan la adquisición de 10,000 bolsas para cadáveres, ante la previsión de que el número de víctimas mortales aumente considerablemente conforme se remuevan los escombros.
La dimensión del desastre podría ser incluso mucho mayor. El coordinador de ayuda de emergencia de las Naciones Unidas calificó como un escenario «terroríficamente plausible» la proyección inicial de hasta 50,000 personas desaparecidas, debido al elevado número de edificios residenciales que colapsaron completamente. A ello se suma una evaluación experimental rápida de la NASA basada en imágenes satelitales, según la cual el doble terremoto habría dejado alrededor de 58,870 edificaciones dañadas o destruidas en la región afectada. Hasta el domingo, las autoridades venezolanas habían registrado además 512 réplicas, evidencia de que la emergencia aún está lejos de concluir.
Este evento, el más potente registrado en Venezuela en más de 125 años, debe servir como un llamado urgente de atención para el Perú, especialmente para Lima, una de las ciudades más vulnerables del mundo ante un gran terremoto.
EL RIESGO LATENTE EN LIMA
Mientras en Venezuela la placa del Caribe se desplaza hacia el este respecto a la placa Sudamericana a unos 2 cm por año, en el Perú la situación es aún más preocupante. La placa de Nazca subduce bajo la placa Sudamericana a una velocidad promedio de unos 6 cm por año. Esta mayor velocidad genera una acumulación de energía significativamente superior.
Frente a las costas de Lima, el silencio sísmico acumulado desde el gran terremoto y tsunami de 1746 (estimado en 8.8-9.0 Mw) supera los 280 años. El Instituto Geofísico del Perú (IGP) ha advertido reiteradamente que en esta zona se espera un evento de magnitud al menos 8.8 Mw, que sería un repetitivo del ocurrido en 1746.
Para dar una idea de la diferencia de energía liberada (entre ambos sismos):
- Un sismo de 8.8 Mw libera aproximadamente 251 veces más energía que uno de 7.2 Mw.
- Y libera 89 veces más energía que uno de 7.5 Mw.
Además, el epicentro de un evento así estaría mucho más cercano a una ciudad densamente poblada como Lima (más de 10 millones de habitantes en el área metropolitana), con suelos blandos en muchos distritos que amplifican las ondas sísmicas y riesgo de tsunami. Mientras que en el caso del doblete sísmico ocurrido en Yumare (Venezuela), esta ciudad tiene apenas 18,000 habitantes. Según datos del USGS sobre la exposición poblacional del terremoto de Yumare (7.2 Mw): el total de población afectada a Intensidad VII (Muy fuerte) e Intensidad VIII (Severa) fue de 959,000 personas. Incluso entre las ciudades más grandes expuestas, en Caracas, la capital, solo 2,246 mil personas estuvieron expuestas a los niveles más altos de intensidad.
Equipos de rescate se movilizan para localizar a los supervivientes cuatro días después de los terremotos en Venezuela. NBC News.
NO SOLO LA MAGNITUD: LA VULNERABILIDAD DE NUESTRAS CIUDADES
Los modelos PAGER del USGS para Venezuela emitieron alerta roja, estimando altas probabilidades de miles o decenas de miles de víctimas (10,000 muertes con probabilidad del 44%) y pérdidas económicas millonarias, no solo por la intensidad, sino por la vulnerabilidad del parque de edificaciones.
Este mismo patrón se repite en América Latina. En Lima, miles de construcciones informales, edificios antiguos sin un adecuado reforzamiento sísmico y una densidad poblacional extrema multiplicarían los efectos de un gran terremoto.
Basta recordar el sismo de magnitud 6.1 Mw ocurrido el 15 de junio de 2025 (Día del Padre). Aunque liberó aproximadamente 11,220 veces menos energía que un terremoto de magnitud 8.8 Mw, provocó desprendimientos en la Costa Verde, caída de muros y techos, interrupciones del servicio eléctrico, congestión del tránsito y alarma generalizada en numerosos distritos. Imaginemos las consecuencias de un terremoto que liberaría más de once mil veces la energía de aquel evento.
NO OLVIDEMOS EL RIESGO SÍSMICO MIENTRAS NOS PREPARAMOS PARA EL NIÑO
Es comprensible la preocupación actual por el próximo Fenómeno El Niño Costero fuerte, previsto con impactos severos a partir de noviembre. La Autoridad para la Reconstrucción con Cambios (ARCC), creada tras el Niño de 2017, avanzó poco en prevención real. Obras clave como el plan integral del río Piura siguen en fase de diseño, y se advierte de miles de millones de soles en intervenciones de prevención sin ejecutar.
Sin embargo, esa preocupación no debería invisibilizar otro riesgo permanente que permanece acumulándose bajo nuestros pies. Un gran terremoto no avisa con semanas de anticipación como un evento climático; puede ocurrir en cualquier momento. La historia reciente de Venezuela nos muestra con crudeza las consecuencias de la falta de preparación.
Es momento de actuar con urgencia. Las autoridades deben acelerar la evaluación y reforzamiento estructural masivo, actualizar y hacer cumplir estrictamente las normas de construcción antisísmica, avanzar en planes de evacuación y mitigación de tsunami, y destinar recursos reales a la prevención (no solo a la reconstrucción posterior). Cada hogar y cada edificio reforzado salva vidas.
La experiencia demuestra que los países pagan muchísimo más cuando invierten después del desastre que cuando previenen antes de que ocurra.
La prevención no produce titulares. Existe un problema político universal: La prevención rara vez genera reconocimiento inmediato. Un hospital antisísmico correctamente reforzado no aparece en los noticieros. Un puente diseñado para soportar un gran terremoto tampoco. Pero cuando ocurre un desastre, esas inversiones silenciosas terminan salvando miles de vidas.
Venezuela está escribiendo hoy una tragedia que aún no termina de cuantificarse. Cada nueva jornada arroja más víctimas, más edificios colapsados y más familias afectadas. Para el Perú, este desastre constituye una advertencia concreta, no una hipótesis académica. Lima acumula casi tres siglos de silencio sísmico frente a sus costas y concentra una población mucho mayor que la expuesta en el reciente doblete venezolano. La ciencia ha dado la alerta. Ahora corresponde que las autoridades y la ciudadanía actúen antes de que la historia vuelva a repetirse, esta vez en nuestro propio territorio.
